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La Prueba - Enrique Durand

30/09/2020




La Prueba
Casualidades, coincidencias, sentimientos, recuerdos

Por Enrique Durand *
No lo supe en ese momento, pero todo comenzó por la mañana temprano, cuando fui a escoger la remera que me iba a poner y, sin pensarlo, mi mano fue hacia una de color claro que hacía un tiempo que no usaba.
Mi programa del día era una visita breve al festival Celebración de Clayton, en las montañas del norte de Georgia, recordando a Tiby. A ella le encantaba esa feria y hasta hace pocos años había participado entusiastamente en ella, armando su tienda para exhibir y vender sus pixelgraphs.
Le gustaba hablar con la gente, explicar qué eran y cómo creaba sus gráficos, usando su cámara fotográfica y su computadora para concebir bellas obras de arte. En el festival encontré a varias de sus amigas y colegas artistas. Charlas breves, pero afectuosas. En algún momento, sintiendo su ausencia, me pregunté si había sido una buena idea. Creo que sí lo fue.
Para el viaje de regreso a casa, también sin pensarlo mucho, decidí tomar un itinerario largo, pasando por Blue Ridge, para manejar otra vez por esos caminos de montaña que tanto nos gustaba recorrer, oyendo la música de Vivaldi, alternando con canciones románticas y cantos criollos de la vieja patria.
A los pocos kilómetros pasé por una bifurcación de la ruta 76 con la 197, que se dirige hacia Helen, otro querido pueblo montañés que parece trasladado de los Alpes Bávaros. Poco después me detuve en un parador junto al camino, para disfrutar de los más de 50 tonos de verde con que la primavera estaba cubriendo las laderas de los cerros. Tomé algunas fotos y, al reanudar el viaje, decidí intempestivamente volver atrás en la 76 y tomar la bifurcación de la 197 hacia Helen, que me ofrecía una ruta más sinuosa.
Al pasar junto al lago Burton, dejé atrás la entrada al parque estatal Moccasin Creek, que habíamos visitado en varias ocasiones, la última de ellas cinco años antes. Varios cientos de metros después, otra vez, sin saber por qué, siguiendo un impulso me detuve, di la vuelta y regresé a la entrada del parque.
Decidí ir hasta el comienzo del sendero hacia la cascada Hemlock en el arroyo Moccasin. Y una vez allí, no podía hacer otra cosa que comenzar a caminar hacia la cascada. Recordaba que no estaba muy cerca, pero también que no era demasiado lejos. En realidad, estaba a unos dos kilómetros y medio de distancia. Casi cinco, ida y vuelta. Pero eso lo determiné después...
A poco andar, sentí que necesitaba un bastón para ayudarme en el sendero. Tiby, siempre bien organizada, me había hecho poner un par de bastones en la camioneta. Pero desde luego, al iniciar mi marcha, no había pensado en ello. Quedaron en la camioneta. De manera que en vez de volver a buscar uno de ellos, armé uno improvisadamente con una rama seca de un árbol caído y seguí la marcha.
Más adelante descubrí, y recordé, que en muchos tramos el sendero es bastante resbaladizo debido a chorritos de agua que caen por la ladera hacia el arroyo... ¿Mencioné que tengo un buen par de recias botas de montaña? Bueno, habían quedado también en la bien organizada camioneta, junto con un pequeño botiquín de primeros auxilios... De manera que continué la marcha, pisando con cuidado y buscando piedras donde asentar el pie...
En algunas partes estiraba la mano izquierda para agarrar una rama y ayudarme con el equilibrio. Entre eso y mi bastón improvisado andaba bastante bien. Hasta que una de las ramas en la que traté de apoyarme se movió bastante rápido y desapareció. Me parece que pudo haber sido una serpiente pero no estoy seguro porque no la vi bien. ¿Mencioné que el nombre del arroyo es el mismo de las famosas serpientes mocasín, bastante venenosas? Hmm. Traté de no apoyarme más en las ramas a la vera del sendero, por las dudas.
Debo haber recorrido como la mitad del camino hasta la cascada cuando me crucé con excursionistas que venían de regreso. Ninguno de ellos me pudo decir con certeza cuanto camino me quedaba por delante. Así que seguí caminando, avanzando cautelosamente con mi bastón. Crucé el arroyo por un pequeño puente de madera y seguí trepando y caminando, tratando de no resbalar en los tramos mojados.
Mi transpiración caía por la frente, mojaba mi camiseta y mis pantalones (largos) creando alguna incomodidad. ¿Mencioné que tengo unos elegantes pantalones cortos para estas excursiones? Bueno, como no había pensado en esto, quedaron en casa.
A esta altura de la marcha, decidí que tenía que completarla. Que era una prueba de mi pobre estado físico, que quería saber hasta dónde llegaba... Tenía sed, pero por las dudas preferí no beber agua del arroyo. ¿Mencioné que tenía dos botellas de agua fría en una heladerita de mano que había traído de casa esa mañana? Bueno, habían quedado en la camioneta.... 
El ruido del agua del arroyo que corría junto al sendero por momentos se alejaba, señal de que la senda iba ascendiendo por la ladera del cerro, y de ratos volvía con fuerza, indicando que estábamos otra vez cerca del agua, pero más arriba. Al final el ruido creció bastante... y la cascada quedó a la vista.
Me senté en una piedra grande, descansé un rato y tomé varias fotos, inclusive un autorretrato con la cascada en el fondo. Y en ese momento me di cuenta de que tenía puesta la misma remera que había usado cinco años antes, cuando habíamos visitado la cascada con Tiby y ella me tomó una foto, desde el mismo ángulo en que yo lo hacía ahora... También caí en la cuenta de que durante todo el camino había ido hablando con Tiby, componiendo en mi mente algunos pasajes de este relato y comentándoselos... Riéndonos juntos.
¿Casualidades? ¿Coincidencias? ¿Por qué esas decisiones súbitas, cambios de itinerario? No lo sé. Lo que sí sé es que de alguna manera fueron reforzando mis sentimientos, recuperando recuerdos, haciéndome sentir la presencia de Tiby en medio de mi soledad, en medio de la montaña...

Calculo que el retorno hasta donde había dejado la camioneta me tomó unos diez minutos menos que la ida. Supongo que más que un revigorizado estado físico debe haber influido el hecho de que era cuesta abajo...
Al llegar a la camioneta iba a tirar mi improvisado bastón. Pero, pensé, "en realidad tengo que estarle agradecido. Cuando hizo falta estuvo allí, y me ayudó mucho". De manera que lo puse en la camioneta, junto a los otros, y ahora lo tengo en el garage en casa, apoyado en una pared... A los amigos no se los abandona

* Enrique Durand - Periodista
Foto: archivo Enrique Durand


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