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Sensibilidad - Guillermo Piernes

05/10/2020




Sensibilidad

Por Guillermo Piernes *

La sensibilidad nunca fue exclusiva de un sexo, que también vale para el coraje, la inteligencia, el altruísmo. Es óbvio pero no para todos.

En la sociedad machista dominante de mi adolescencia era difícil ser sensible para un varón. Parecía que había que elegir entre ser macho o sensible, adjetivo utilizado como sinónimo peyorativo del afeminado o vulgo maricón.

Era tan complicado que algunos, con las hormonas en agrupamiento, parecían elegir ser afeminados para poder liberar abiertamente su sensibilidad artística.

Decidí luchar abiertamente con las armas que tenía para corregir esta tortuosa situación. Era un chico sensible pero no tenía dudas sobre mi orientación hormonal y sensorial. Estaba realmente atraído por chicas de mi edad y en el terreno de la fantasía por las mujeres alegres, inteligentes y espirituosas, con labios gruesos, pechos generosos y traseros grandes, que suponía inconquistables.
 
Como ocurria con la mayoría de los magníficos libros para adultos que lei en esa época, mi comprensión del mundo femenino era muy limitado, sin quitar una pizca a la enorme atracción.

A los doce años era un lector infatigable. Me zambullía en libros para mi edad como El viaje de Julio Verne al Centro de la Tierra, Sandokan de Emilio Salgari, Las aventuras de Tom Twayer de Mark Twain, Colmillo Blanco de Jack London, Corazón de Edmundo Damicis.

En la biblioteca de mi padre devoré novelas de Émile Zola como La Taberna y Nana sin entender mucho, pero fascinado por las descripciones minuciosas de ambientes crueles, adultos, inquietantes. Reí y disfruté al extremo La Tournée de Dios y Espérame en Siberia Vida Mia, obras del maestro del humor moderno Enrique Jardiel Poncela.

En el último año de la escuela primaria en Buenos Aires, que solo recibía varones, el inolvidable profesor José Maria Guido me nombró como lector oficial en la última hora de clases diarias. Me emocioné. Viajé a otras dimensiones leyendo apasionantes capítulos de los mejores autores y poemas del primer asiático en recibir el Premio Nobel de Literatura, Rabindranath Tagore:

Deja que el sol de la tarde
entre en el follaje
y se detenga un momento
brillando en el río negro
de tu cabello ...

A la mayoría de mis colegas les importaba un bledo. Peor aún, algunos incluso se reian o burlaban. Aún mas grave, muchos me atribuían preferencias íntimas que no correspondían a mi expectativa para la futura trayectoria sexual solo por el hecho de leer textos sobre la necesidad de fraternidad y paz entre los hombres, amor a la Naturaleza o poemas sobre el amor sublimado.

Decidí salir en defensa drástica de mis preferencias literarias. Al mismo tiempo, rechazaría con rigor el cuestionamiento sobre mi supuesta e infundada preferencia sexual. También seria una guerra para limpiar el honor de mis autores, maculado por las muecas y sonrisas sarcásticas.

En mi barrio había un ex boxeador profesional que me conocía desde que era un bebé. Pedí su ayuda para aprender a pelear. Después de mostrarme los conceptos básicos: Cómo hacer la guardia, caminar y golpear, llegó a la conclusión que yo tendria un futuro limitado como boxeador, excepto por mi gancho de derecha, que era realmente rápido y contundente.

Entrené y entrené ese golpe para aplicarlo en la oreja del oponente, lo que puede llevar rápidamente a una pérdida momentánea del equilibrio, vista nublada, e incluso al knock out, cuando se une masa y velocidad al puñetazo. La regla: Una base firme en las piernas semiflexionadas, finta con la mano izquierda, giro fulminante del tronco y puño firme evitando anticipar el objetivo con la vista.

Listo. Me consideré graduado como guerrero en pro de la libertad para ser un lector sensible y macho reconocido. El plan estaba perfecto. La lógica de mis doce años ignoraba la duda.

El plan para la defensa de la literatura, la verdad sexual y el honor se puso en práctica cuando anuncié a mis compañeros en el recreo que cualquiera que se burlara de mí o riese mientras leía me iba a tener que encontrar a la salida del colegio. Y así fue.

El primero en ser encuadrado entró alegremente al círculo formado en la acera por estudiantes sedientos de pelea. Para él seria una pelea divertida. Para mí era la batalla por mi honor, mis libros, mis ídolos.  

Después de algunos empujones y puñetazos en el aire tuve la oportunidad de fintar con la izquierda para bajarle la guardia y lanzar el gancho de derecha a la oreja. El niño quedó mareado por el golpe. Luego recibió otro y otro y otro y otro ... No queria parar. Alguien detuvo la pelea al ver que el chico iba a salir muy lastimado.  

Muchos se ataron al carro del brutal vencedor. Mis lecturas en clase empezaron a tener mayor atención y silencio.

El drástico plan de defensa tuvo que continuar porque la memoria del pueblo era corta y todas las semanas debía mostrar el buen camino a los violadores de la regla del respeto.

Afortunadamente, a los grandotes de la clase no les importaba la hora de lectura. De todas maneras, para ese grupo de grandotes ya había considerado hacer excepciones en la aplicación de la dura ley de defensa de la literatura y otros.

La mayoría de las veces me enfrenté con chicos de mi tamaño, algunos mayores y unos pocos menores a los que también se les aplicó el gancho a la oreja sin piedad. A pesar de la buena técnica y la velocidad, en varias ocasiones volví a casa con moretones, ojos y lábios hinchados. La explicación a mi madre, caídas o golpes durante la clase de educación física.  

Un día el querido maestro Guido se enteró de mis convocaciones a los que carecían de respeto por la literatura. En un recreo me llevó a la sala de aula vacía y cerró la puerta. - Yo amo los libros más que tú, quieres pelear conmigo -  preguntó. Habló en serio. Rechacé la invitación y pedi disculpas.

Nunca más luché físicamente para defender novelas, poemas, crónicas, cuentos, pinturas o música. Es un hecho que la sensibilidad viene en diferentes embalajes. Lo que importa es la actitud hacia los otros y no el color de la piel, genitalia , origen, lengua o fé. Quien quiera defender algun tipo de discriminación que lo haga, no apelaré a la violencia. Eso si, confieso que en esos casos deseo que aparezca un ser con sed de justicia y un buen gancho de derecha.

* Guillermo Piernes, periodista y escritor
Crédito foto  Carlos Monzón vs Nápoles - The Fight City 


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