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Juego con el golfista ciego - Guillermo Piernes

11/07/2020




 El juego con el ciego

Por Guillermo Piernes *

Jugué con un golfista ciego. Fue una de las experiencias más bellas e inolvidables en más de medio siglo en que transité por los campos de golf.

Paulo Pimentel, el infatigable organizador de grandes y hermosos torneos, me invitó a jugar en el campo impecable de Vila da Mata, en São Roque, estado de San Pablo, con un golfista ciego.

-Tendrás una experiencia de vida fantástica, dijo el veterano director de Golfe & Cia ". La tuve.

Me presenté a mi compañero designado, Luis Carlos Persona, alto, atlético, de unos 50 años, muy educado. Fuimos al hoyo inicial en dos carros. Él con su caddie y yo en mi carrito acompañado de curiosidad. Cómo sería jugar golf, este deporte tan difícil para todos, con una persona que ha tenido ceguera física completa durante una década.

Tomé mi driver y la pelota fue al médio del Fairway. Suspiré aliviado. El tiro inicial siempre es difícil. Luis Carlos, del brazo de su caddie subió al tee y llegó para dar el primer golpe. El caddie colocó a mi compañero apuntando con su hombro izquierdo al centro de la calle. Luis Carlos realizo el swing, algo acelerado por ser el primero, y el balón cayó en el rough.

Pensé en su gigantesco esfuerzo para volver a aprender la propriedad motora precisa para impactar perpendicularmente la pequeña pelota con la cabeza del palo a más de 120 kilómetros hacia un objetivo a muchos metros de distancia en un terreno con obstáculos de árboles, arena, agua y declives por todas partes.

Yo fui a mi pelota. Él a la suya. Y el juego fluyó con esa misma rutina, normalmente y felizmente. En el green, el caddie ayudó con la mira del hoyo y luego cantó la distancia en pasos y el grado de inclinación. El resto con mi compañero. Y fueron desfilando los buenos golpes. Después de algunos palazos casi me había olvidado de que mi compañero carecía de visión, apenas parecia un jugador de golf extremadamente cuidadoso.

Algunos palazos menos expresivos de ambos merecían una autocrítica inteligente. Todas autocríticas de buena energia, incluso cuando nuestro ego era pisoteado merecidamente en la hierba bien podada. La autocrítica siempre ayudará a mejorar nuestro próximo golfe, siempre la más importante.

Durante el juego, Luis Carlos dijo que su primer maestro fue el profesor argentino Juan Leyva do Lago Azul, cuando después de perder la visión decidió jugar al golf.

Continuamos en el curso y mi compañero repitió los elogios de otros jugadores para describir la belleza del campo que no podía ver. Apreciaba el sol de otoño que nos acariciaba y que para mí aclaraba las ondulaciones verdes del recorrido.
Sentí angustia por mi compañero. Había varios tonos de azul en el cielo, nubes y luces que se reflejaban en los espejos de agua que mi amigo golfista no podía ver. No duró mucho. Estaba visiblemente feliz con cada metro que caminábamos. Mi angustia se convirtió en admiración por el hombre que competía en tenis y esquí acuático y que ahora era un golfista mas. Solo, apenas con apoyo mayor de su caddie. El juego continuó.

Llegamos a um par tres de 130 metros. Yo dejé la pelota en la parte inferior del green con la bandera en la entrada. Luis Carlos repitió su rutina previa al golpe. El sonido del swing fue puro. Al instante celebró ese sonido. Sabía que el disparo tendria buen destino. La pelota blanca dibujó un gran arco en el azul y cayó sobre la hierba verde intenso no lejos de la bandera. El caddie y yo vibramos.

En el green, el primer putt en bajada tres metros. Luis Carlos dejó la pelota a dos dedos del hoyo. Antes de ejecutar el putt para par, Luis Carlos tocó los bordes del hoyo. Dejó que el caddie colocara el putter bien perpendicular al centro. Un toque ligero y ... PLOCK ... la pelota cayó.

Tardé en felicitar al compañero de golf tan especial. Tuve que secar mis lágrimas antes de darle un fuerte abrazo.
En el hoyo 19, el bar del club, brindamos con mi compañero y otros amigos. Los errores y las dificultades fueron borrados de la mesa por las risadas y la intensa fraternización. Fue el regalo al final de un hermoso día de golf.

El golf me brindó grandes amigos. Uno de estos amigos de golf golpea muy corto, otro tiene un putt flojo, a otro le falta dirección. Otro amigo golfista golfista fuma cigarros y otro besa la pelota antes de cada putt. También gané un nuevo amigo golfista que no se quita las gafas de sol siquiera cuando la noche cae. Creo que por el reflejo de su luz intensa y própia. 

(Esta crónica fue originalmente publicada por la revista Golf & Turismo)
Crédito imagen: Archivo pesonal 
**Guillermo Piernes, periodista y escritor


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