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Las gruesas cortinas de la 414 - Guillermo Piernes

20/07/2021 00:00




­Las gruesas cortinas de la habitación 414
Por Guillermo Piernes
Wilhem no conocía a la hija de Helen, que ya tenía 20 años, y que nació dos años después de que ella lo dejara y se uniera a un joven abogado para vivir la etapa de la casita, el maridito, los hijitos.
El no quiso repetir la experiencia porque había probado en su primer matrimonio que los hijos dan sentido a la existencia pero son incompatibles con la pasión de pareja. No quería renunciar ni siquiera a un poco de la mayor pasión que jamás había conocido. Todo o nada. 

No quedó nada. O apenas un montón de imágenes, un aprieto en su pecho, su piel inconformada por no sentir la loca electricidad que la piel de Helen le transmitía.
Wilhem dio su vida para estar siempre borracho de pasión, loco de pasión, también sabía que se había desgarrado un pedazo de su corazón cuando Helen se fue para seguir sus instintos o la conducta moldeada por la sociedad. Se mantuvo firme en la defensa de la pasión, sin ceder ni un centímetro.
Wanda es su nombre. Llamó al celular de Wilhem. Dijo que quería conocerte con urgencia y dejó un número. Pasaron siete días y la joven recibió la respuesta citandola para dos días después en el lobby de un gran hotel en São Paulo, escenário de su última etapa conferencia sobre ideologías políticas.
"¿Cómo la reconoceré?", preguntó. "Soy muy, muy parecida físicamente como mi madre", respondió. 
Cuando llegó, la joven ya estaba sentada en un gran sillón cerca de los ascensores. "Un espejismo", fue el primer pensamiento que cruzó por su mente. No hubo tiempo para otras reflexiones. "Mi madre me dijo que no te gusta que te vean en lugares públicos cuando se trata de asuntos personales. Por eso entré al hotel anoche. Mi habitación es 414. Estaré arriba y tú en dos minutos, " ella le dijo.
Willhem miró a su alrededor y sólo vio a dos soñolientos guardias de seguridad del hotel más distraídos siguiendo los pasos de la mucama que estaba arreglando las plantas de la entrada que prestando atención a las quince personas en el vestíbulo.
A los dos minutos acordados, y ya compuesto, entró en el ascensor y apretó los botones del cuarto, sexto y séptimo piso. "Todo cuidado es poco", repitió en voz alta uno de sus axiomas.

Al primer toque, Wanda abrió la puerta. Se había quitado la chaqueta y desatado el pelo. Era como si el tiempo hubiera detenido su marcha y Helen hubiera llegado a su primer e inolvidable encuentro. Wanda con la misma edad que su madre cuando se conocieron y se enamoraron perdidamente una cálida noche bajo el cielo de Goiás,
Los mismos ojos azules inquietos. La misma figura con las mismas piernas bien torneadas. Sus labios eran más llenos y su cabello era de un tono más oscuro y un poco más ondulado. En un túnel de tiempo podrían haberlas declarado gemelas idénticas.
Una botella de vino tinto seco encorpado estaba abierta. "Sé más de ti,  tus gustos, que la mayoría de las personas que has conocido en tu vida. Mi madre me ha contado mil veces tu historia de amor, tus sueños y fantasías", agregó con una sonrisa.
Preguntó muchas cosas sobre su madre. Algunas preguntas sobre él. Lo que se podía responder con total sinceridad, lo hizo. Las demas preguntas solo recibieron un signo de cabeza negativo.
La botella quedó vacía junto a la bandeja de canapés intacta. "Eres incansable. No dejas de preguntar", la cuestionó mirando a esa joven inteligente, sensible y hermosa.
"No. Porque necesito entender la razón por la que nos siguieron juntos. Fue una relación maravillosa. Todo salia bien en la calle, en la mesa, en la cama", dijo.
- Mi madre fue cobarde ...
- No, solo inmadura ...
- Yo nunca hubiera dejado al hombre en mi vida, quien también se convirtió en parte de la esencia de mi ser. ... Un hombre tan apasionado, educado, experimentado, que libera, que busca llegar a los últimas fronteras del placer, que te invita a volar, a disfrutar de cada momento ....
-- No es así...
- Me hubiera gustado mucho que fueras mi padre ... te admiro ... diría que eres mi fantasía masculina. Por otro lado, me alegro de que no seas mi padre ... me alegro ... me alegro ...
Wanda no esperó una respuesta. Ella lo besó, sosteniendo su cabeza y manteniendo sus labios juntos mientras su lengua entraba en la boca entreabierta de un Willhem paralizado y aturdido. Wanda se abrió la blusa y le ofreció sus pechos blancos con pezones rosados, que a los ojos de él parecían aquellos mismos pechos, con el mismo perfume y la tersura electrizante que lo zambullia en el desenfreno hacia tiempo, y en ese instante.
Fue sexo salvaje, total, completo.
Wanda tuvo varios orgasmos y esperó por el gozo del hombre al que montaba. Cuando él jadeo con fuerza y con la mandíbula inmóvil, ella desmonto para tomar la carga de placer en su boca, en su garganta. El gemido entrecortado de Willhelm fue amortiguado por las gruesas cortinas de la habitación 414.
** Guillermo Piernes - periodista, escritor y conferencista.
Pintura al óleo - Arte Posters



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