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La primera guerra nunca se olvida - Guillermo Piernes

12/04/2022 00:00




­La primera guerra nunca se olvida

Por Guillermo Piernes **

Han pasado 40 años desde la Guerra de las Malvinas.

Quedaron recuerdos que el tiempo no borra y una comprensión más amplia de la locura humana.

Cubrí el conflicto más grande en el Atlántico Sur desde la Segunda Guerra Mundial para la agencia americana de noticias United Press International (UPI). Mi primera guerra como corresponsal.

En esa guerra, bombas, misiles, torpedos, cohetes, granadas, balas y minas mataron a 649 soldados argentinos y 255 soldados británicos. Miles resultaron heridos. Las consecuencias psicológicas del conflicto llevaron al suicidio de 352 soldados argentinos y 264 británicos que participaron en la guerra por las islas del sur ubicadas a 400 millas de la costa patagónica.

La región estuvo a punto de ser escenario del uso de armas nucleares por parte de la potencia europea, lo que configuraría el horror de los horrores.

El conflicto era por las tierras y aguas de esas islas frías. En lo que respecta a la invasión de tierras en América Latina en los últimos 500 años, nadie tiene toda la razón, excepto uno que otro descendiente puro de los pueblos originarios.

También vale para esas islas, que a lo largo del fueron ocupadas por grandes imperios. Los argentinos las heredaram cuando se derrumbó el império español. Hasta que una flota británica en 1833 expulso al governador Vernet que habia sido enviado por las Provincias Unidas para las islas en 1829.
Essos detalles legales o históricos poco importaban al Império britânico que las colocó bajo el manto de la Reina. Asi Gran Bretaña pasó a explotar inicialmente la caza a las ballenas, despues peces, gás, petroléo y en un futuro probablemente hasta una estratégica base militar en Sudamérica.
Durante décadas la ONU aprobó un montón de resoluciones para que Gran Bretaña iniciase negociaciones con Argentina sobre las Malvinas. Como existe eo poder de veto en el Consejo de Seguridad por parte de cinco potencias, entre ellas Gran Bretaña, nada avanzó.
La justicia no es y nunca fue prioridad en el juego geopolítico.
El 2 de abril de 1982, el desgastado régimen militar argentino jugó su última carta para mantener el apoyo de la población, recuperando las islas pero estableciendo "no derramar sangre británica ni destruir propiedad británica". Así sucedió. Pensaron que Gran Bretaña no iría a la guerra.

Los militares argentinos ignoraron que la popularidad de la Primera Ministra Margaret Thatcher estaba cayendo en picada y nada como una guerra para unir a los estratos menos ilustrados de la sociedad.

Thatcher envió una flota improvisada. Pero dos portaaviones y un torpedero cargaban un total de 31 armas nucleares, porque la potencia europea no podía perder esa guerra.

Afortunadamente, la propia diplomacia británica y el presidente francés Francois Mitterrand convencieron a Thatcher de que usar amas atómicas sería una violación del Tratado de Tlatelolco que veta las armas nucleares en el Atlántico Sur y que el mundo sería anti-británico.

Me enviaron a Buenos Aires en marzo, una semana antes del desembarque argentino en Porto Stanley. Dos días después de llegar a la capital argentina le expliqué al editor del servicio latinoamericano Abel Dimant, que los argentinos ocuparían las Malvinas.

El argumento era de impecable lógica: "La locura anda suelta por todos lados". Sucedió. La corazonada correcta fue incomoda, casi como predecir que tal avión se estrellará o el edificio de una escuela colapsará.

Itamaraty intentó una resolución en la ONU que básicamente pedía a la flota británica que detuviera su marcha y a los argentinos que abandonaran las islas, dejando el futuro del archipiélago en manos de Naciones Unidas. El embajador Jõao Clemente Baena Sores era el canciller brasileño en funciones. No hubo acuerdo.

En caso de un ataque británico al continente, podría complicar aún más la situación por el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), explicó el brillante vocero de Itamaraty, embajador Bernardo Pericás.

A partir de ese momento comencé a buscar una fuente militar poderosa que pudiera transmitir información, sabiendo que los comunicados oficiales en las guerras siempre demoran, son imprecisos, omiten o simplemente mienten.

(Por primera vez entrego una fuente, sin embargo creo que la historia debe contarse con hechos reales).

Invité a tomar un café al capitán retirado de la Armada Carlos Massera, a quien había conocido años antes en Río de Janeiro como director de la empresa que administraba la flota mercante estatal.

Massera era el hermano de Massera. Sí Emilio Massera, el todopoderoso almirante que había dejado la Junta Militar antes del conflicto, pero que mandaba mucho.

Quería recibir información buena y rápida y propuse identificar las fuentes solo como "fuentes militares" y que la información recibida no seria modificada. "Lo consultaré", dijo. Terminó su café y salió del bar de la Avenida de Mayo.

Dos días después, el me invito a otro café en un bar del Paseo Colón. "El país está en guerra y todos los ciudadanos conocen las reglas", me recordó. Inmediatamente me surgió la imagen de un pelotón de fusilamiento. A pesar de la imagen, comencé a escuchar datos fundamentales para comprender los próximos días de guerra.

Massera comentó con lujo de detalle que la flota británica fue preparada a la carrera, que varias naves carecían de blindaje, es decir, que al recibir impactos de misiles de otras naves o aviones, se transformarían en verdaderos hornos de metal, además de ser más fácilmente hundibles.

Dedicó varios minutos destacando la preparación de la aviación argentina y que tendríamos "muchas sorpresas". Se mostró pesimista si los británicos llegaban a tierra en las islas pero reafirmó que "todo hay que decidirlo en el mar".

Se acordó que periódicamente alguien me llamaría a la UPI y me daría información. Nunca volví a verlo ni a oír hablar de él.

La información más relevante que recibí de esta manera, a través de una voz gruesa y seca, fue uno de los primeros ataques de la aviación argentina contra la flota británica, realizado con cazas y misiles de fabricación francesa.

Era media mañana. Fue una primicia mundial que casi me costó un infarto. "Aviones argentinos atacaron la flota británica con misiles, informaron fuentes militares", fue más o menos así el flash que escribí, enviado por la agencia norteamericana de noticias, y reproducido por los medios de todo el mundo en pocos minutos.
La confirmación oficial del ataque no salió hasta la tarde en la oficina del Alto Comando en el Hotel Sheraton de Buenos Aires, donde nos alojábamos varios corresponsales internacionales.. Entre los corresponsales que cubrieron las Malvinas había muchos colegas conocidos y dos amigos fraternos Enrique Durand y José Antônio Severo.

Después de tres semanas de noches de insomnio, jornadas interminables de pura adrenalina, logré tener dos horas para ir a cenar a la casa de mi madre en el barrio de Belgrano, a quien no había visitado durante un año. Al final de la cena sentí que mi corazón se aceleraba.

Dejé el postre a un lado. Le expliqué a mi madre que tenía que volver pronto al hotel para descansar un poco. Le di un beso a mi amada viejita y fui directamente al hospital más cercano.

Electrocardiograma normal. Las pulsaciones batían récords.

--- ¿Estás pasando por estrés ?, preguntó el médico.

--- Todo el estrés imaginable porque estoy cubriendo la guerra como periodista de la UPI, respondí. 

Sentí que el médico se apiadó de mí.

Me aplicó un somnífero porque yo solo necesitaba dormir profundamente para recuperarme. Cai duro en la camilla de la enfermería. Y así fue. A la mañana siguiente, con la misma ropa arrugada del día anterior y el rostro de mas muerto que vivo, volví a la oficina. 

Nadie notó mi lamentable estado. La guerra continuaba. Una guerra que dejava lecciones militares y politicas.
Que los submarinos nucleares son un excelente elemento de combate pero no cumplen satisfactoriamente la tarea de presencia naval en tiempos de paz.
Que cuando la suerte del enemigo está por un hilo, lo mas fácil es cortar ese hilo.
Que la logística gana ou pierde la guerra.
Que los comandos militares deben tener un dialogo fluído con las autoridades políticas que deben escucharlos, pero sin necesariamente seguir sus consejos.
Que en esta era tecnológica, "la pericia e el coraje no son suficientes".
La sintesis fue del almirante americano Harry Train, que comando la Flota del Atlántic de los Estados Unidos durante el conflicto.

Cuando los británicos hicieron una cabeza de playa en las islas, supe que era cuestión de días para el final. Estados Unidos ya había transmitido toda la información de los satélites para la protección de su mayor aliado europeo, por supuesto. La superioridad de tecnología británica era abrumadora. Sin embargo, no acompañe el final de la guerra.

El editor Dimant me llamó de nuevo y me dijo: "Buen trabajo. Se acabó para ti porque tienes que viajar rápido a España porque la FIFA no ha aceptado reemplazos en la lista de profesionales que envío la agencia".

Dos días después, acompañaba en Sevilla el primer entrenamiento de la selección brasileña para el Mundial de 1982. El artillero Careca sufrió una distensión. Corrí a dar esa importante noticia para los medios del Brasil.

"¡Qué mundo tan loco!", pensé. Estaba cierto.

Aquella cálida noche me entregué a la magia de Sevilla. Me rendí a su música, la buena cerveza. No había guerra ni muerte. Solo vida. En ese bar cerca del río Guadalquivir, la vida seguía cautivante como la morena de grandes ojos negros que sonreía en la mesa cercana.
** Guillermo Piernes - periodista y escritor
Foto del navio britanico Sheffield despues de un ataque aéreo - Archivos militares



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