Guillermo Piernes
GUILLERMO PIERNES

Home
Home

Autor do Site
Autor del Sitio

Crônicas
Crónicas

Contos e Poemas
Cuentos y poemas

Artigos
Artículos

Escritores e Artistas
Escritores y Artistas

Índice
Índice

Links
Links

Contato
Contacto

Correio dos Leitores
Correo de los Lectores

Guillermo Piernes
GUILLERMO PIERNES
Crônicas
Crónicas
Piazzolla: El genio suelto - Guillermo Piernes

12/07/2020




Piazzolla: el amigo de mi viejo

Por Guillermo Piernes **

Aviso importante: este texto es parcial y tendencioso. Se trata de Astor Piazzolla, ese genio de la música con quien tuve el privilegio de compartir importantes momentos a lo largo de muchos años. Confieso que soy loco por el trabajo de este músico que pasó del jazz al tango, de los clásicos a las más atrevidas innovaciones e hizo llorar, viajar, amar, soñar.

Astor Pantaleón Piazzolla Manetti nació en Mar del Plata, Argentina, en 1921, nieto de italianos por todos lados. Vivió de los cuatro a quince años en el East Village, en Nueva York, donde comenzó a tocar el bandoneón a los ocho años.

A los 12 años, comenzó a tomar clases de piano con la pianista húngara Bela Wilde, discípula de Sergei Rachmaninoff. Cuando tenía 18 años ya era un músico destacado en el escenario de Buenos Aires: fue el segundo bandoneón y luego el responsable de los arreglos en la orquesta de Aníbal Troilo, uno de los nombres más importantes en el tango. Troilo actuó en elegantes salones y clubes. También en cabarets y otros lugares probablemente mal hablados.

En uno de los salones elegantes o en uno de los otros lugares, tengo ese punto impreciso, Piazzolla se hizo amigo de otro joven amante del tango y sus personajes. Ese amigo de la noche, también tenía un enorme talento, pero solo para escribir. Se llamaba Justo y comenzaba a destacarse como periodista.

Una vez, la orquesta de Troilo actuó en un gran baile en un club de fútbol. Esa misma noche, Justo invitó a bailar a una bella mujer de cabello largo y negro, Delia. Bailaron muchos tangos. Justo Piernes y Delia Borbolla comenzaron a vivir juntos y de esta unión nací yo.  Relaté ese asunto porque apenas en calidad de hijo de su amigo tuve mucho acceso a Piazzolla. Fui asi afortunado al presenciar y compartir fascinantes momentos bajo los reflectores y lejos de ellos.  

Nunca me importó que Piazzolla me tratara solo como el hijo de Justo. Este mismo trato fue desde mi adolescencia hasta la edad adulta. Lo que me importaba era poder estar cerca de él o seguir su arte. Siempre fueron momentos memorables.

En 1969, el gran gimnasio cubierto Luna Park fue sede del Festival del Tango. Como joven reportero de UPI, agencia de noticias que alimentaba a unos 500 periódicos, estaciones de radio y televisión en Argentina, me enviaron para cubrir el evento. "Andá ver a Piazzolla, el amigo de tu padre", me dijo Bernardo Rabinovitz o simplemente Rabino, jefe de redacción.

En el festival, las orquestas pasaron sin destaque. Hasta que Piazzolla subió al escenario con una gran orquesta con varios violines y una mujer como cantante, Amelita Baltar. El silencio flotó sobre las 5.000 personas que estaban en el más grande estadio de boxeo sudamericano de ese entonces.

La vibrante voz femenina martilló los versos del poeta Horacio Ferrer, acariciado por los suaves violines: "... Quereme asi piantao, piantao, piantao ... subite a la ternura que tengo para vos...". Los violines elevaron el tono siguiendo el crescendo del bandoneón del maestro. El impacto llegó como un gancho a la mandíbula.

Con los acordes finales de Balada Para un Loco, el Luna Park explotó. Después de unos momentos, algunos fanáticos se levantaron de la lona y reaccionaron. Fuertes abucheos y gritos en coro: "Eso no es tango ... eso no es tango". Sabía menos entonces de lo que yo sé hoy, pero nunca dudé de que fuera tango.

Los integrantes del jurado, atónitos, tuvieron que pedirle a Piazzolla que volviera a realizar Balada Para un Loco para poder escuchar sin el ruido de los disturbios. Y así se hizo. Y los vítores de nuevo, aplausos, abucheos y gritos obstaculizaron la presentación. Un miembro del jurado llamó la atención del público y exigió silencio para poder escuchar una tercera ejecución. No era una noche de boxeo era de música. No recuerdo el nombre del tango que los jueces declararon vencedor del Festival: Balada Para un Loco quedo segundo.

En 1976, Justo Piernes, entonces famoso periodista del periódico matutino Clarín, tuvo que abandonar Argentina bajo amenazas de muerte del escuadrón de la muerte paramilitar Triple A. Muchas copias de su libro Crónicas con Bronca fueron quemadas. Tuvo que tomar el primer avión para Rio de Janeiro, donde con mi entonces esposa y prestigiosa psiquiatra Cristina Cardoso, le dimos abrigo con todo cariño. 

Meses después, Piazzolla aterrizó en Río. El mismo día, dejó sus maletas en el hotel y fue a tomar un whisky con mi padre en el balcón de nuestro apartamento en la Avenida Atlántica. Piazzolla y Justo se envolvieron en largas charlas. En éxtasis silencioso yo seguí las animadas conversaciones de mis ídolos.

Supe que Piazzolla tenía la costumbre de dormir poco porque las ideas para nuevas canciones estaban siempre en su cabeza. Piazzolla fue el autor de más de 500 composiciones. Sus dedos se movían constantemente, tal vez ejecutando un bandoneón imaginario o dirigiendo una orquesta de sueños. Raramente recordaba en qué ciudad (o incluso país) sería su próximo espectáculo. La calidad del repertorio y los maestros que lo acompañarían monopolizaban su atención.

La pasión de Piazzolla fue Amelita Baltar. Hasta que lo conoció, ella solo cantaba folklore argentino. Piazzolla la invitó a participar en la ópera tanguera María de Buenos Aires. Y ella fue genial en el escenario. Más tarde, Piazzolla la invitó a compartir su vida. Ella aceptó. Creo que Piazzolla no podía separar vida y música: la música era su vida.

Un día recibimos la noticia de que Piazzolla se había separado de Amelita. Piazzolla regresó a Río unos días más tarde para un espectáculo en un teatro en la Zona Sur. En la mesa del restaurante, después del espectáculo, mi padre preguntó si el había escuchado las peticiones del público, no atendidas, de interpretar Balada Para un Loco. "Estas obras eran basura", respondió Piazzolla.

Años después, Piazzolla y Amelita volvieron a ser amigos. Las composiciones que se renegaron en un momento de ira se convirtieron en parte de la lista de las grandes composiciones musicales. Todo en Piazzolla era intenso. Las canciones, las relaciones, sus frases. Era la locura del genio lo que lo castigaba todo el tiempo. Para relajarse entre tantos viajes y presentaciones, Piazzolla pescaba tiburones en la costa de Punta del Este.

En otro paso por Río de Janeiro, Piazzolla llegó con su quinteto. Se destacó el violinista Antonio Agri, un galardonado intérprete de música clásica. La audiencia deliraba. Meses después regresó sin el violín y con un sintetizador. "El sintetizador es la fuerza del presente", explicó al público, que perdió el violín pero que también se extasió con el nuevo sonido.

Al año siguiente, Piazzolla regresó con Agri. "El violín es el instrumento que se conecta directamente con el alma y trasciende el tiempo", explicó Piazzolla en medio de la presentación. No fue incoherencia. Los genios crean otra forma de coherencia.

Piazzolla admiraba mucho a João Gilberto y Tom Jobim. Escuché de él que entre los músicos, compositores y poetas brasileños le gustaban Caetano Veloso, Chico Buarque, Mlton Nascimento, Egberto Gismonti, Geraldo Carneiro y Artur Moreira Lima.

En esa visita a Río, yo fui su chofer de un Dodge Dart negro para llevarlo a la casa de un poderoso director de la Rede Globo de Televisión, en São Conrado. Después de algunos minutos de charla, Piazzolla vio un teclado de última generación en la sala. Sin pedir permiso, se sentó al teclado y, durante una hora, interpretó clásicos de tango y jazz. Quedamos paralizados por la emoción. Luego se levantó y pidió regresar a su hotel porque necesitaba "revisar algunos arreglos".

A mediados de la década de 1980, Justo regresó a Buenos Aires. En una fría mañana de julio de 
1989, sufrió un ataque cardíaco fulminante. Su amigo Piazzolla estaba muy lejos, en París. 

En 1990, unos ocho meses después de la muerte de Justo, Piazzolla regresó a Brasil. Yo residia entonces en Brasilia. Me envió un mensaje para que pasara por su hotel a recoger dos entradas para el espectaculo que presentaria esa noche en el Teatro Nacional. Al entregarme las entradas para la primera fila me dijo: "En la primera parte, voy a tocar para Justo". Esas fueron las únicas palabras que le escuché sobre la partida final de su amigo.

Ante el auditorio abarrotado, Piazzolla abrió el concierto: Quejas de Bandoneón, Milonga del Angel, Primavera Porteña. Hasta que llegó el turno de Adios Nonino. Piazzolla apretó más al bandoneón con sus manos fuertes al tocar para su amigo de medio siglo. 

También sentí cada apretón de sus dedos largos y deformados en mi pecho. El dolor de todos los huérfanos, el vacío de la ausencia, la pérdida sin consuelo. Llevado por esa música me senti acariciado por una calma celestial, la tierna nostalgia de los momentos de puro amor. El final de Adios Nonino es sutil. Esa noche Piazzolla soltó el aire del bandoneón hasta el último soplo, lenta y dulcemente.

Parecía susurrar: "Mi amigo, descansa en paz".

(Esta crónica fue publicada originalmente en el sitio web AmaJazz.com.br)
** Guillermo Piernes - Periodista, escritor.
Crédito Imagen:GeoWeb



[ VOLVER ]
Textos protegidos por Copyright - Guillermo Piernes 2020