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Pecadores - Carlos Acurso

11/07/2020




Pecadores

Por Carlos Acurso **

Recuerdo la casa de mi abuela en Empalme San Vicente. En la esquina se instaló un Templo Evangélico, primero que veían mis jóvenes 10 años.

Por alguna rara circunstancia la Nona Francisca, catalana y católica apostólica romana, colaboraba activamente con el pastor evangelista -hermano Marestain-.

La Abuela y su grupo se dedicaban a cantar villancicos en el Hospital Carrillo de San Vicente, con gran desesperación de los internados, quienes sin duda ganaron su denominación de pacientes por el estoicismo demostrado en tan difíciles circunstancias.

 Al principio los evangelistas venían a su templo, que comprendía algunos terrenos con frutales y una pileta de natación para los bautismos, solamente los fines de semana y las llaves de la propiedad quedaban en manos de la abuela.

En verano mi primo Guillermo y yo, con un vecinito amigo de nombre Miguel, utilizábamos la pileta durante la semana. El vecinito era el sobrino de María Estela Martínez de Perón e hijo de la enfermera que daba inyecciones a la abuela.

El caso es que en una ocasión, un domingo al atardecer como siempre, en una reunión del templo compartíamos la primera fila de honor con la abuela, Guillermo y el amigo cuando la disquisición del pastor, -a la que nuestra edad oía poco y comprendía en parte-, comenzó un giro poco habitual, pasando de las generalidades históricas y bíblicas a una cuestión diríamos coyuntural.
-Entre nosotros hay pecadores. Esto ya lo sabíamos pues tanto allí como en nuestra iglesia era habitual referirse a esta condición genérica del hombre, pero ahora la cosa tomaba un aspecto aparentemente más judicial. -¡Si aquí entre nosotros hay quienes han pecado gravemente!.

Dado que el pastor daba a estas palabras un tratamiento especial saliendo de la letanía o estilo, el punto comenzó a sacarme de mis meditaciones acerca del dulce de naranja de la tarde causando cierta curiosidad, aunque no mucha.
Dos frases hechas, aún ni conocidas por mí creo, tomaron sentido aquella tarde. La primera fue aquella de los acontecimientos se precipitan, pues sorpresivamente se conoció pecado y pecador:
El pecado fue expuesto con rapidez y detalle, alguien abusando en la utilización de las instalaciones había, durante la semana, hecho un estropicio cortando frutas, comiéndolas y tirando los carozos al agua de la pileta, deportiva para mi pero con connotaciones místicas para la grey.
Y aquí vino la segunda frase hecha: Si buscan un culpable rubio tu corre igual aunque seas morocho. De golpe, sumariamente, sin derecho a defensa porque ni acusación hubo, fuimos sindicados como culpables Acurso, Piernes y Martínez, debiendo pasar al frente y pedir a Dios las disculpas pertinentes. Cosa que hicimos con la máxima preocupación bajo la mirada de la abuela y el pastor, autoridades máximas casi del universo.
Nosotros no habíamos sido los culpables de aquel pequeño desorden elevado a delito. Fuimos sorprendidos y juzgados en un lugar que nos intimidaba por personas que no se podían equivocar. Aceptamos el castigo consistente en el pedido de perdón a Dios y lo cumplimos inmediatamente. No fuimos quemados como Juana de Arco, seguramente en homenaje a los villancicos de la Abuela.
Cada vez que recuerdo el hecho reflexiono acerca de la justicia y valoro la inteligencia de mi loro -Lalo- que cierta vez se quedo dormido en el palo dentro de su jaula y cayó al piso de la misma. Sorprendido y semi dormido, entre lo que no sabía y lo que intuyó sólo dijo: -Que te parió, Lalo.
** Carlos Acurso - Filósofo, cientifico y educador. 
Crédito Imagen: La expulsión del Paraíso - Michelangelo Buonarroti



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