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De libros y aficiones - Orlando Lizama

21/07/2020




De libros y aficiones

Por Orlando Lizama**

Cuando muchos se las quieren dar de cultos, inteligentes e intelectuales suelen citar a los grandes sabios, a los filósofos y hasta los políticos.

- Como decía Platón...como argumentaba Jean Paul Sartre...tienes que leer a Nietsche, a Cortázar... y no te pierdas a Winston Churchill, eran las frases que repetían los que me informaban de lo inculto que era.

Y tenían toda la razón porque a mi escasa edad creía que Platón era solo un plato grande, que Jean Paul Sartre era el costurero de la esquina y que Nietsche era un arquero de la Unión Española. Qué bestia!

Pero debo admitir que con el tiempo comencé a ver que tenían razón y que era útil aumentar la visión del mundo, de la historia, de la filosofía y de tantas cosas mediante la lectura.

Dejé a un lado El Peneca y al Pájaro Loco y me puse manos a la obra. Comencé con los filósofos de la antigua Grecia y no aprendí mucho, excepto que había que masticar mucho para entenderles.

Me fue mejor con escritores franceses y españoles y hasta aprendí de conflictos y política con libros de Churchill y novelas de Herman Wouk.

Hasta que cayó en mis manos infantiles un libro que tenía poco de intelectualidad y mucho de aventuras, justicia (o injusticia), perseverancia y tantas idas y venidas como las series actuales de la televisión que se enrollan y no terminan nunca.

Se trató de Los miserables, la novela de Víctor Hugo que cuenta las pellejerías de Jean Valjean y del policía que lo acosa haciéndolo sufrir más que a El Fugitivo.

Era tanta mi sed de lectura que no dudé un minuto y me lancé en pos de la gran empresa: los cinco tomos de Adiós al Séptimo de Línea, ese mamotreto de Jorge Inostroza que me puso al tanto de la Guerra del Pacífico.

Sabía un poco de inglés y también me propuse leer en ese idioma una biografía pornográfica (a mis cortos años) del escritor francés Emile Zola.

Uno tras otros pasaron por mis manos novelas, biografías, cuentos, relatos, etc., que me abrieron el mundo y me encausaron hacia un derrotero que no me imaginaba: el del periodismo

Uno de ellos fue Relato de un naufragio, escrito como reportaje periodístico por un colombiano del que no tenía idea: Gabriel García Márquez. Cuando supe quién era devoré todas sus obras.

Años después otro latinoamericano, Mario Vargas Llosa, me embrujó con su prosa fácil y su novela Doña Julia y El Escribidor. Me imaginaba al peruano pergeñando la obra en su despacho de reportero de la agencia AFP en momentos en que yo era mensajero de la agencia Reuters.

Después de centenares de novelas, leí El día del Chacal y el Archivo de Odessa, ambas del inglés John Forsyth, quien antes de dedicarse a la literatura había sido corresponsal de Reuters en varios países.

Siguieron más novelas, algunas sobre la guerra civil de Estados Unidos, la Segunda Guerra Mundial y muchas obras de escritores chilenos como Pablo Neruda, Oscar Castro y la poesía de Gabriela Mistral, además de obras de ciencia ficción.

La suerte me llevó a trabajar en Reuters y con la admiración que sentía por muchos de los próceres del periodismo de aquellos años, comencé a abrigar la idea de seguir sus pasos.

No hay duda de que los libros ayudaron a formar mi futuro: las novelas de ciencia ficción me convirtieron en una especie de experto en cuestiones científicas y espaciales; las de juicios y asesinatos (John Grisham) me ayudaron a escribir sobre la pena de muerte en Estados Unidos.

Y en mi adquirida calidad de periodista, en especial de agencias de noticias, me dieron la capacidad de escribir de todo sin saber mucho de nada.

¡Muchas gracias a los libros!.

** Orlando Lizama, periodista y escritor
Crédito Imagen: Quinque con libros - Macaontejera Macao



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