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Sospecha - Enrique Durand

24/07/2020




La Sospecha - Invierno de 1987
Por Enrique Durand **
    El hombre había puesto sobre los muslos sus manos sarmentosas, agrietadas por el trabajo duro y la mugre, enrojecidas por el frío. El desteñido pantalón vaquero estaba desgarrado poco más abajo de la rodilla en una de las piernas y una raída chaqueta larga de paño negro apenas dejaba ver el cuello de una camisa blanca gastada y sucia. Se cubría los pies con botas toscas, sucias de barro seco. Un gorro de lana azul, viejo y algo deshilachado, remataba su cabeza grande, con una barba rojiza de varios días.
     
    Luis, con las manos enguantadas porque a pesar de la calefacción el interior del auto estaba todavía muy frío, lo miraba de reojo de vez en cuando mientras manejaba, sentado a su lado. ¿Siguiendo qué impulso se le había ocurrido parar y levantarlo? Le había dado lástima, verlo ahí, al lado del camino, parado y con el brazo extendido pidiendo ayuda, en medio de ese paisaje encantado que había creado la tormenta de hielo caída durante la noche y que había cubierto de plata refulgente los troncos y las ramas desnudas de los árboles.

     Le pareció que su acompañante estaba tenso. Miraba casi todo el tiempo hacia adelante y percibía que de rato en rato le echaba ojeadas de costado, como midiéndolo, como tratando de penetrar sus pensamientos, sus intenciones.

     Luis vigilaba atentamente el camino, manejando lentamente sobre la traidora superficie del pavimento cubierto por una delgada capa de hielo y nieve, manteniendo la distancia con las luces traseras del camión que iba delante suyo.

     Quizás había sido un error. Seguro que había sido un error. Él se había criado en las montañas y había aprendido a ayudar a la gente que necesitaba auxilio en el camino, deteniéndose siempre, ofreciendo y brindando asistencia cuando se lo pedían. La montaña era cruel e implacable. Su soledad podía ser mortal. Era simplemente natural que la gente se ayudara. 

    Pero eso había sido hacía mucho tiempo, en otras partes, con otras gentes. Desde que había venido a vivir a este otro país había aprendido a ser cuidadoso, receloso. Era peligroso detenerse para ayudar a un desconocido. Todos los días había asaltos, automovilistas muertos simplemente para despojarlos de su auto o de lo que tuvieran en sus billeteras.

     Trató de entablar conversación, de romper el hielo que se había asentado dentro del auto con más fuerza que afuera. Con el suave acento e inflexiones que delataban su origen extranjero, le habló del tiempo inclemente, de lo peligrosos que eran los automovilistas imprudentes que no sabían manejar sobre el hielo o sobre la nieve, de los pronósticos de una nueva tormenta para esa noche...

    Las luces rojas de los frenos del camión que iba adelante se encendieron súbitamente. Luis apretó los frenos suavemente, pero aún así el automóvil patinó un poco hacia el costado. El camión siguió la marcha y Luis, recuperado el control, oprimió apenas el acelerador, para retomar impulso sin hacer patinar las ruedas.

     El hombre había seguido impertérrito, mirando siempre hacia adelante, con alguna mirada ocasional de reojo. Luis volvió a sus pensamientos, inquieto. ¿Sería éste otro de esos vagabundos sin hogar, sin destino, trastornados, que últimamente aparecían cada vez más en las calles de las ciudades? Él nunca los había visto tan lejos del centro de la ciudad como a éste. ¿Y si era un veterano de guerra, medio loco, quizás armado? ¿O en una de esas, un ex convicto o un preso prófugo, encallecido por el crimen y el castigo, ansioso de vengarse contra una sociedad que parecía indiferente? Bueno, fuera lo que fuese, ya estaba hecho.
                                                                 + + +

     A veces uno toma decisiones sin reflexionar demasiado. Siguiendo impulsos. Habla con desconocidos sin pensar dos veces acerca de quienes son o lo que pueden ser. Él estaba acostumbrado a hablar con desconocidos, a pararlos en la calle, pidiéndoles unos centavos. A veces humildemente, tratando de conmover; otras prepotentemente, con rabia y con descaro, procurando intimidar. Así era la vida en la calle. A veces se encontraba con gente compasiva, otros eran indiferentes y otros eran altaneros y hasta crueles. 

    Pero cuando la próxima comida, techo o abrigo en una noche fría de invierno puede depender de la bondad de un samaritano, es difícil pensar que el gesto altruista oculte una intención malévola. Como el caso del psicópata que había llegado a un refugio para gente de la calle ofreciendo ayuda como voluntario y cuando todos dormían le había cortado la garganta a un muchacho. Alguien lo había visto y gritó, pero había escapado en medio del tumulto. ¿Por qué? ¿Quién era? Él había oído de otros casos. De gente que abusaba de los desamparados, de asesinos que acechaban en la oscuridad para asaltarlos, sólo por el placer de infligir dolor, de sentir que tenían poder.

    Asesinos cuyas sombras se agigantaban con las anécdotas repetidas en torno a las salidas de vapor en las calles y junto a las cuales los vagabundos instalaban sus lechos de diarios viejos en busca de calor.

     Además, este hombre hablaba de una manera rara, con un acento extraño, otro extranjero. ¡Quién sabe de dónde vendría, qué costumbres tendrían en su país! Es cierto que se había detenido para recogerlo, cuando ninguno de los otros automovilistas ocasionales que andaban por las carreteras nevadas y heladas se había atrevido a hacerlo. Pero, ¿por qué? Le había hablado del tiempo, se había quejado de los automovilistas imprudentes que no saben manejar sobre la nieve. Todo mientras miraba fijamente hacia adelante. ¿Qué quería? ¿Distraerlo, para que se confiara?
                                                    + + +
     Llegaron a otra intersección importante en la carretera. El camión que iba adelante se detuvo, frenando lentamente en la nieve. Luis frenó también, despacio.
    - Yo me bajo aquí - dijo el hombre y, abriendo rápidamente la puerta del automóvil, bajó a la acera.
    - Bueno, creí que iba hasta el centro de la ciudad.
    - No, no. Aquí está bien. Gracias. Adiós.
    - Quizás sea mejor así, pensó Luis, mientras ponía de nuevo en marcha el automóvil. - Después de todo, me había dado un poco de miedo - .
    - Quizás sea mejor así, aunque tenga que caminar en la nieve - , pensó el hombre, enterrándose hasta los tobillos con cada paso que daba. - Estos extranjeros son tan raros, da miedo lo que pueden llegar a hacer...

** Enrique Durand, periodista
Crédito Pintura Digital - Pedro Maya - Art Station 



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